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El espejo

Es raro levantarte todas las mañanas y no tener un espejo en el que mirarte. Nunca antes había reparado en que tener un espejo en casa es, en verdad, un lujo. Es un lujo y, a la vez, un elemento tranquilizador. Todas las mañanas tienes un reflejo que te dice, de algún u otro modo, que sigues ahí, que tu existencia permanece. Pero cuando ese espejo no está, cuando no puedes comprobar si efectivamente sigues siendo tú, la vida adquiere matices nuevos. No tienes nada que permita medir cómo estás, que permita conocer tu estado de ánimo. Es fascinante lo que nuestra cara nos intenta comunicar todos los días, y que nosotros a veces no somos conscientes de ello. Así, perdida esa referencia, se siente uno como un nómada que vaga por no sé sabe bien qué sitios y lugares nuevos. Y de este modo, se ve uno obligado a llevar a cabo una dura tarea de "reubicación". Como no tengo un espejo que me diga que soy, qué soy y qué me espera, tengo que pensar y elaborar "yo mismo" todas esas preguntas. Y luego, cuando al tiempo vuelvo a mirarme en un espejo, ese que está en frente de mí no soy yo, sino otro. Es, cuando menos, un fenómeno curioso.

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